Marcando el tempo
como el péndulo de un reloj de pared.
Izquierda, derecha
manos avejentadas
mejillas algo marchitas
pero ojos azules y vivos
como el más puro zafiro.
No se si cargan más con sus bolsos
o con los años dejan atrás.
Solo sé que es imposible dejar de mirarlos.
Caminan lento
como una película de Tarkovsky.
Ella se sienta,
él la sigue.
No se sueltan,
como si la fragilidad fuese tal
que de hacerlo
perderían el equilibrio.
Miran al horizonte,
no sé si estarán recordando,
proyectando
o quizás dejando su mente en blanco
Pero sonríen, no dejan de sonreír.
Yo creo que recuerdan.
Probablemente evoquen al pasado.
Cuando ese edificio
era un parque donde ver la vida pasar.
O cuando aquel bar era la tienda de la esquina.
Cuando todo era campo.
Cuando todo era joven.
Él palmea su mano
tres veces seguidas
y al unísono asienten.
Sí, ahora sí estoy segura
de que están buscando
entre sus memorias.
Quizás se conocieron aquí.
Quizás no.
Pero son preciosos.
Y no puedo dejar de mirarlos.