Te encontré
en la mala cara de un lunes,
entre páginas de libros,
en respiros de domingo,
en el hueco de las teclas de un ordenador.
Más perdida
que un ciego sin lazarillo,
que un fumador sin mechero,
que una niña con sandalias en enero,
que un aldeano en Nueva York.
Hablar fue igual
que lanzar un chaleco salvavidas
a una barra de plomo,
o los oídos del sordo
de insultos llenar.
Pero despacito y con buena letra
se puedes reescribir
la cuenta nueva del borrón
y quitar el tapón
que todo lo hacía irreal.
Y así empezar de cero
ergo, dejar atrás,
tontería, hipocresía,
que alimentan hoy en día
aquello en lo que nunca te quisiste transformar.
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