Tienes una casa preciosa, todo el mundo lo dice, y hoy entiendo por qué tienen razón. No me daba cuenta de lo bonito que era este lugar porque tú y tu risa acaparabais siempre toda mi atención y eclipsabais la perfección de los innumerables objetos que hay entre estas cuatro paredes. Pero sin duda lo más perfecto que había entre ellas eras tú. Tú y tus manías de orden y pulcritud. Tú y tu radio a todo volumen. Tú y los platos que cocinabas, que eran los mejores del mundo. Tú y tus besos fuertes en las mejillas. Tú y tu sencillez.
Me gusta recordarme que tengo que echarte de menos, aunque eso suponga derramar unas pocas lágrimas, o unas muchas, pero nunca llegarían a ser demasiadas. Me encanta añorar escenas concretas en las que estabas en tu máximo esplendor, de esas que se quedan clavadas en la retina.
Como la del 3 de Junio.
Esa imagen sí que está incrustada.
Y sin duda, es la descripción más insuperable de lo que has sido y siempre significarás para mí.
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