jueves, 23 de enero de 2014

Huele a cerrado

Abrir la puerta y sentir ese olor tan familiar, casi me da un vuelco al corazón. He frenado mis característicos ligeros pasos y he seguido caminando casi a tientas, como si esperara encontrar algo que yo misma sabía que era imposible. Cuando he cruzado la esquina y he visto la habitación me he desarmado por completo y no he podido contener el lloro que peleaba por salir desde el primer momento. Qué distinto era todo hace unos meses, qué distinto al último día en que pisé ese suelo y disfruté de ti. La luz inundaba todos y cada uno de los cuartos, y sin embargo hoy huele a cerrado.

Tienes una casa preciosa, todo el mundo lo dice, y hoy entiendo por qué tienen razón. No me daba cuenta de lo bonito que era este lugar porque tú y tu risa acaparabais siempre toda mi atención y eclipsabais la perfección de los innumerables objetos que hay entre estas cuatro paredes. Pero sin duda lo más perfecto que había entre ellas eras tú. Tú y tus manías de orden y pulcritud. Tú y tu radio a todo volumen. Tú y los platos que cocinabas, que eran los mejores del mundo. Tú y tus besos fuertes en las mejillas. Tú y tu sencillez.

Me gusta recordarme que tengo que echarte de menos, aunque eso suponga derramar unas pocas lágrimas, o unas muchas, pero nunca llegarían a ser demasiadas. Me encanta añorar escenas concretas en las que estabas en tu máximo esplendor, de esas que se quedan clavadas en la retina.

Como la del 3 de Junio.

Esa imagen sí que está incrustada.

Y sin duda, es la descripción más insuperable de lo que has sido y siempre significarás para mí.



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