Últimamente me sorprendo
escribiendo casi por obligación,
con los ojos cerrados
el corazón abierto
y una ilimitada sucesión de clásicos del jazz y del blues.
A ratos observo las incontables gotas
que van posándose en el cristal
y resbalando poco a poco,
noche tras noche,
ya que la lluvia no da tregua en esta ciudad.
Y ahí me planteo
que quizás sea cierto.
Puede que sí que añore estas noches
de calma y cavilación
donde me siento segura.
Donde mi cabeza se convierte en una autopista
de ideas y recuerdos
que corren fugaces
adelantando unos a otras
y viceversa.
Personas, lugares,
sonrisas, olores,
abrazos, enfados.
Todos los retales
que dan sentido al aquí y al ahora.
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