las cosas
se ven de otra manera bien distinta.
Con dos
ya ni te cuento,
y si no
puedo ya contarlas no sé si veo o sueño.
Te intuyo
a través de la fina línea que dejan mis ojos
cuando me
río de verdad, cuando no me cuesta,
cuando
disfruto del momento.
Las
preocupaciones se disipan entre el humo que inunda la habitación
y vuelan,
vuelan hasta desaparecer a un universo paralelo
en el que
la gente le da demasiada importancia a las cosas.
Hace
mucho que dejé de visitar esos lugares grises
en los
que la felicidad brilla por su ausencia,
y en los
que lo que prima es la rutina, lo corriente,
aquello a
lo que nos acostumbramos por inercia más que por voluntad.
Sin
embargo ahora me pegaría horas, minutos y segundos,
mirando
todas y cada una de las burbujitas
que se
van formando en la capa de espuma que bordea el vaso.
¡Qué
tontería!- me dirás tú,
que no
eres capaz de salir de tus lunes de agobio,
de tus
miércoles de caja tonta
o de tus
fines de semana de siesta en el sofá.
Yo me
emociono con los ojos sorprendidos y los primeros pasos
de los
niños que curiosean el mundo que tienen aún por descubrir,
con la
sonrisa de agradecimiento de un anciano
que
recibe una visita de unos oídos dispuestos a la escucha,
con el
abrazo de una pareja
que se
reencuentra en una estación de autobús,
con el
sonido de las olas
cuando
rompen en la orilla de madrugada,
con las
fotos que me teletransportan
a
momentos únicos del pasado,
o con el
mero hecho de encontrar un sitio para aparcar.
Por eso
brindo por mí,
y por ti,
para que
algún día
seas
capaz de sentir emociones
más allá
de las que les vienen de serie
a los
ciudadanos ocupados de hoy en día.
Porque la
vida puede ser maravillosa,
y no te
estás dando cuenta,
pero la
tuya se está esfumando.
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